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Sociales - 24/04/2022
OPINIÓN
LA SOCIEDAD DE LAS CABEZAS BAJAS
La autora reflexiona sobre el hábito de sumergirse en la pantalla del teléfono celular, algo que afecta la comunicación de las personas, entre otros preocupantes efectos.

Una visión cotidiana: personas sumergidas en la pantalla del teléfono celular/ Foto Carlos Brigo
Como ya dejó de ser una curiosidad para transformarse en hábito todos terminamos aceptando como algo que nos acompaña esta nueva forma social de las cabezas bajas. Y hablo de hábito porque para los que nos manejamos en transporte público ya es una visión cotidiana: cuando los pasajeros acceden al vagón del subte o se instalan en el ómnibus (imagino que en el tren debe ocurrir lo mismo), de inmediato se sumergen en la pantalla de su móvil, y no importa que ocurra aunque estén parados. Y lo más curioso es que para estas actitudes no hay desigualdad…se da por igual, no importa el sexo, ni la edad, ni la condición social, ni tampoco la religiosa…todos apelan a lo mismo: la pantalla.

Y tampoco es previsible por la diversidad de la acción indagar para que recurren a la pantalla. Recuerdo que hace un tiempo, una mañana en la línea H, un joven a mi lado se dedicaba a ver pornografía…Y esto me lleva a reflexionar sobre cómo ese pequeño rectángulo iluminado puede afectar a nuestras vidas. Cómo las puede modificar. Cómo se puede transformar en adicción.

Sin duda el efecto inmediato es en la comunicación. Ya no nos sorprende ver en un aeropuerto o en un bodegón un grupo familiar (aun con niños pequeños), consumir su café, su gaseosa, su almuerzo o su cena enfrascados en la pantalla, sin dirigirse la palabra, ingiriendo las bebidas o comida como autómatas. Y conmueve más aún cuando uno contempla a una pareja cada cual ensimismada en su aparatito.

Me preocupa y mucho. Es difícil no advertir otras consecuencias. Muchas de esas personas son las que también aprovechan esos cinco minutos de gloria que les provee el anonimato para insultar y agredir de palabra de las formas más soeces, sin pensar a quien pueden dañar y lo que sin duda me alerta es comprobar que muchos convencidos de su momentáneo poder pasan de la lectura o el envío de mensajes a la acción y es así como estamos presenciando actitudes y hechos de infinita violencia a las que jamás se hubieran atrevido en otro momento.

Los docentes y profesores se quejan de la proliferación del bullying que aparentemente ya lleva afectados a alrededor de 200.000 alumnos y lo más grave es que en estos casos se tiene la certeza que cuentan con la total protección y consentimiento de sus padres para llevarlo a cabo.

Para los que crecimos con otra forma de relación social, ¿alguna vez se nos hubiera pasado por la cabeza que una patota, ante un simple roce a la salida de un boliche, se ensañaran en grupo contra un joven agrediéndolo a golpes y hasta patadas en la cabeza hasta provocarle la muerte? Y concretamente me refiero a lo ocurrido en Villa Gesell.

Pero hay más. En estos momentos se han desatado las violaciones grupales que realmente debe ser una de las manifestaciones de mayor violencia contra otro ser humano. Y no queda conflicto alguno que no se resuelva a través de la violencia.

Y como los delitos – y esto lo saben muy bien los especialistas- son imitados, habría que instruir a los medios para que no den tanto detalle de cómo se realizó cada uno porque de lo contrario vamos a enterarnos de más violaciones y asesinatos grupales, más femicidios.

Volviendo a las nuevas prácticas sociales, ¿dónde perdimos la costumbre de aprovechar el tiempo de viaje entregándonos a la lectura? ¿En que estación se bajaron los alumnos que estudiaban en el ómnibus, el tren o el subte?

Ahora lo habitual es la desesperación por enviar mensajes, conectarse con “las redes sociales”, casi única manera de comunicación en estos tiempos de tanta banalidad, o los menos consumir alguna serie conectada a la pantalla, lo que significa en todos los casos insistir en devorar información procesada por otros en lugar de pensar y reflexionar sobre un texto que nos permita imaginar cómo resultante de un proceso que tenga que ver con nuestra sensibilidad o nuestra inteligencia.

Por otra parte, también están los que utilizan el móvil como despacho y se comunican con sus posibles clientes en voz alta lo que permite al observador enterarse de las más diversas temáticas. Hasta he compartido el espacio con una abogada que prácticamente me hizo partícipe de toda una causa. Todo lo cual también nos conduce a otra reflexión: ¿ha desaparecido por completo el límite entre lo público y lo privado?

Realmente es una sociedad preocupante que sin duda es producto de la necesidad de quienes quieren gobernar a los pueblos manejando su pensamiento y su forma de vida que es una forma más de dominación y de pérdida de soberanía. Los invito a reflexionar sobre el tema.

Fuente: Télam

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